sábado, 3 de agosto de 2013

Se va la primera!!!

"Con todo el respeto que te mereces, Ché Sánchez, tú y tus familiares, también todos tus hijos en la música andina..."

No puedo afirmar que lo conocí ciento por ciento, porque ninguna persona llega a conocer a otra de esa manera. Pero puedo afirmar sin temor a equivocarme que José Sánchez - El Ché era un genio musical, un verdadero artesano de las pieles y los instrumentos andinos, un gran maestro, verdadero virtuoso de la ejecución de la quena, la zampoña, el charango, la guitarra y los ritmos sudamericanos.

Aunque desde mi juventud escuché muchas veces una de sus interpretaciones en Radio Santa María, la cual sonaba en las noches tranquilas de mi país, no fue hasta el año 1983 cuando lo conocí personalmente, en su propia casa y frente a frente.

Recuerdo la noche que conseguí el teléfono de su casa, no podré olvidar nunca esa noche porque para mí fue una noche fatal. Tuve que quedarme en Santiago porque no encontré transporte para irme a La Vega, ya pasadas las 9 de la noche era difícil en aquellos tiempos encontrar un vehículo que me llevara. Yo estudiaba en la PUCMM y estaba en el primer semestre de ingeniería electrónica, no podía irme a pie para mi casa, así que decidí quedarme esperando a ver si encontraba a alguien que me llevara.

Cuando terminé de comerme un sándwich en el restaurante Rositania frente a la PUCMM me dije a mí mismo "vamos para el monumento", ahí siempre hay mucha gente y tal vez conozca a algún vegano; lo cierto es que me encontré con dos bohemios con una guitarra y al parecer muchas ganas de no dormir, ahí al pie del monumento entonando canciones, bebiendo y comiendo esos dos compadres me abrieron su espacio hasta las 4 de la madrugada.

Antes de que los bohemios se marcharan se me ocurrió preguntarles:
- ¿Ustedes conocen a un señor que vive aquí y que toca flauta, música andina?
- Claro - dijo uno de ellos - tú dices el Ché, lo conocemos, somos amigos.
- ¿No me digas? - le conteste - ¿Y por casualidad ustedes se saben el teléfono del Che? - pregunté.
- Si, mira, el teléfono es 809-582-3223, lo puedes llamar y decirle que fuimos nosotros que te dimos su numero, el siempre está en su casa, llámalo.

Esa noche llegué a mi casa a la hora de todo el mundo levantarse, cerca de las 6:30 de la mañana, cansado, trasnochado, con frío, pero con una idea en la mente: llamar al Ché y conocerlo, tenía que conocer aquella figura de la cual solo había oído historias.

- ¡Aló! Buenos días.
- Buenos días - le dije.
¿El señor José Sánchez se encuentra?
- El es que habla, ¿quien me habla a mí?
- Ah señor José Sánchez, le habla "Acén", un amigo de Genelio Beato de La Vega, unos amigos suyos me dieron su número y yo quería pasar por su casa a ver si puedo ir por allá.
- Oh si, está bien arranque para acá que yo voy a estar la mañana entera aquí. ¿Sabe llegar?
- No señor José Sánchez, explíqueme como llego para ir allá ahora.

Así fue nuestra primera conversación, por teléfono, distante, dos extraños que por primera vez se encuentran y con objetivos comunes, la música andina. La verdad es que cuando me abrió la puerta de su casa quedé impactado, con su larga cabellera y según pude apreciar, un pecho bastante amplio, como si levantara pesas, de baja estatura pero una persona con aires de gigantes, no lo podía creer... pensaba yo que estaba frente a mi un indio, yo nunca había visto un indio de verdad, pero pensé que José Sánchez debía ser un indio, aunque por mis estudios del colegio sabia que en la República Dominicana no quedó ni uno solo ya que fueron exterminados por los españoles.

Conversamos, le di mis credenciales, quien era yo y que perseguía, le hablé de los bohemios nocturnos del Monumento, de mi amigo Genelio Beato que era bastante conocido por el Ché, me invitó a pasar a su taller, un lugar fascinante, lleno de miles de cosas que te llenaban de curiosidad, pieles, flechas, pedazos de bambú, guitarras, charangos, zampoñas, herramientas de todo tipo, y lo mas importante: un radio con doble-casetera en el cual no dejaba de escuchar la música andina de su preferencia.

Recuerdo haberle preguntado muchas cosas, como el motivo por el cual tocaba este tipo de música, cómo aprendió a hacer las quenas y las zampoñas, de dónde vino todo ese conocimiento, y sobre todo que opinaba de dos músicos famosos que conocíamos todos los que amamos la música andina, sobre Facio Santillán y Raymond Thevenot.

- Facio es el mejor, es el "tolete" - me dijo con una expresión muy fuerte.
- Pero Thevenot tiene su estilo, es bueno pero como que no es muy folclórico - añadió.
- Si tú quieres aprender a tocar la quena, sigue los pasos del viejo Facio, porque ese es el tolete de todos los músicos andinos que tocan quena - me repitió.
- ¿Y usted puede tocar algo de Facio a ver? - pregunté
- ¡Claro! Agarra esa guitarra y toca una polka paraguaya en Sol mayor, tú la pasas de Sol mayor a Re#7... ¿tú tocas guitarra me dijiste, verdad?

Me llené de miedo pero le dije que sí, que estaba aprendiendo los ritmos al pasito. Tomó el la guitarra y me dio mi primera lección de ritmos andinos, tocando el ritmo de la polka paraguaya, la canción era "El pájaro campana" al estilo de Facio.

Comenzó el Ché la canción, con un sonido estruendoso que llenaba toda la casa, el taller, la calle, aunque yo había escuchado aquella canción muchas veces en las cintas de Facio, fue como escuchar al mismo Facio delante de mí, no lo podía creer. Cada nota era exactamente tal cual la ejecutaba Facio Santillán, en el tiempo exacto interpretaba la melodía tal cual, con la potencia de un toro salvaje al soplar la quena.

- Tienes que darle como un "acento" al ritmo, le falta como acentuar el ritmo al final de cada vaivén de tu mano - me dijo.
Me mostró como era que él decía, pero en ese momento todavía yo no lo entendía, quizás por sentirme con vergüenza al estar delante de una persona con tanto conocimiento sobre la música andina, pero al mismo tiempo con tanta sencillez, algo sumamente raro en una persona, mucho conocimiento, mucha sencillez.

Antes de irme me presentó su esposa Isabel, a la tía Marta, a Quico su perico que siempre estaba en la cocina; incluso me presentó un lagarto que según me dijo, siempre estaba ahí en la cocina y bebía agua del fregadero y ya era como de la casa.

¡Ahí comenzó nuestro viaje!